Regreso

La regresión es un elemento constitutivo de todo organismo vivo, especialmente importante cuando uno se adentra en la conciencia. La figura del regreso articula en la vida humana el arco tangencial sobre el que discurre su propio espacio de experiencia. Conceptos de la literatura y la filosofía (como el de repetición) no deberían sernos ajenos aquí, por más que las distancias que se siembran en la pragmática conceptual agasajen a un dios rutinario con sus frutos. 

Hay muchos modos de regresar, de repetir, de encerrar al tiempo en un espacio virtual que paradójicamente anticipa algo venidero y oscuro, algo que se presenta con la consistencia de lo mismo y el disfraz de lo absolutamente otro. La búsqueda de una identidad subyacente a tal modalidad bien podría resultar (y resultará) estéril. Siempre es un placer insistir en la ausencia de un velo identificable; insistir, por ende, en lo velado de la presencia en cuanto tal. Siempre… siempre y cuando sea posible detenerse ante la ansiedad y el temor que produce a menudo el sumergirse en aquel espacio cerrado y experiencial (Lebenswelt). Si bien la detención aquí no significa el fin del cadalso frente a tales emociones. Constituye, empero, una oportunidad. Quizás la más importante, en la medida en que permite reparar en la volatilidad en cuanto tal; señalarla, justo un instante antes de que huya y regrese a su esquiva morada. Tras miles de intentos fracasados pudiera hallarse en este momento una extraña tranquilidad, mas no es sino la que precede a la estructura de la que emergen todos los temores y ansiedades: la angustia que curan la escritura, la repetición y el señalar continuo. 

Ciertamente late aquí una actividad un tanto caótica. Y es que, efectivamente, hay algo demoníaco (y vital) en el acto de escritura. Casi psicótico, pudiera decirse. Siempre es una labor ya realizada, una repetición, una continua vagancia sobre algo que jamás fue donado. Una obsesión en la que mentes vivas hallan consuelo, un mal que les recuerda que no hay escapatoria. Una señal, tal vez, del silencio que agoniza y acecha. El tributo que debe pagarse en las orillas del Leteo, la pasión que arranca del llanto el fruto, de la ceniza la tierra. 

Pero no existe el consuelo, porque tampoco existe el desgarro ni la separación: quizás esta sea la más sincera elegía que pueda entonarse hacia el siglo XVII (salvando su polimorfismo) en particular y hacia todo racionalismo en general, si se lee desde la fidelidad a las sombras que la Modernidad y sus luces proyectaron. Es imposible salir de la regresión: siempre se está en un estado de partida, de nacimiento. De continua indagación sobre una exterioridad vacía, que sin embargo se disfraza de absoluta creación por estar volcada hacia el interior. Toda nuestra originalidad brota de esa regresión, de la tarea de un maníaco. Nuestros mayores logros como humanidad son los que consiguen hacer de aquella extravagante labor un espacio habitable, un espacio donde florezcan los desgarros que aquejan las civilizaciones, las lágrimas que sostienen la historia y el sentido. 

Pero qué más dará: esto es sólo escritura que viaja al principio porque no puede conocer otro estado.


Y este, supongo, es mi modo de volver. No hay en las líneas precedentes originalidad alguna, pues la reflexión siempre tiene precedentes y no veo necesario ponerles nombre aquí.

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Trazos

La sorpresa que puede deparar la vida no se debe únicamente a la ignorancia en la serie de las causas: pertenece a su propia estructura, siempre huidiza. No hay valor ético que de aquí pueda extraerse, pero sí un ethos que lastimosamente viaja hacia aquel reino que otrora brillaba en la escena. La patología ganó la pugna en tanto que estigma del “vivir corriente”, fuerza que arranca a la propia pérdida de su arraigo más originario, la naturaleza, y la sitúa en el ámbito de lo presente. En toda esta representación, la humanidad perdió el último bastión en el que su honorable estatuto se refugiaba.

En esta corriente no hallo sino confusión. Al fin y al cabo, sólo he tratado de vivir. Diríase que hace tiempo que perdí la fe incluso en los ideales, pero no soy tan ingenuo: soy consciente de mis límites, así como de la limitación esencial. El problema de la pérdida me ha ocupado demasiado tiempo, pero aún no he llegado al abandono, pues sigo instalado en un vacilante y aturdido cuidado: aquel que lo patológico exige.

No procuro adentrarme aquí en abismos oscuros, sé que esto es una mera cuestión de intensificación. La paradoja y el valor surgen cuando uno repara en lo cualitativo de la pérdida que, como Ursprung de lo vivo, adquiere un rostro sin anhelo en lo cotidiano: una perversión a la que no puedo escapar. Miro al cielo esperando que regrese el cuervo, pero sólo lo hallo en mi interior.

Tampoco deseo escapar al velo de Isis. Temo encontrarme tras él, a la Gran Mentira, el gran enemigo sobre el que a veces creo erguirme. Sólo me debo a la levedad de la sombra que proyecto; ella es mi única compañía en el sendero. Quizás también a mis suspiros, y al insomnio. Pese a todo, me debo mucho, y es por eso que supuro en estas líneas, inconsciente aún del secreto que la herida encierra en su prurito.

Anhelo desmedido y exigencia sin objeto; eso es todo lo que esta vida puede depararnos. Pese a ello, no he dejado de evocar cantos hacia ella desde el mismísimo infierno que ya no se tiene a sí mismo como alternativo. Siempre he permanecido en pie, sin esquivar la tormenta ni enfrentarme a ella, aceptándola. He sostenido la mirada, he perseverado en la ilusión esquizofrénica: he aspirado a la quietud, a la indiferencia y a la nobleza. Pero no puedo controlar al latir que siempre la aniquila. Por mis venas no corre arte alguno, y es por ello que no puedo ser ningún farsante, ni responsable, por tanto, del teatro que sobre y en torno a mí se construye. La mente avizora podrá notar a estas alturas (superficiales) que la farsa y el teatro no son aquí sino la exhuberancia de un supurar-perpetuo sin centro, de la extravagancia, del sudor y la sangre que pueden olerse en la oscuridad.

¿Qué más dará, en realidad? Al fin y al cabo, es solo una exigencia: no es necesario interpelarla. Pobre de aquel que, como este ser que escribe, no sepa qué pueda ser, no sepa qué se le exige. Pobre de aquel que zozobre en el estado de la patología. Pobre de aquel que quiera vivir.

No hemos dejado ningún tesoro originario, no hemos perdido nada, si por pérdida pensamos en el arrebato circunstancial de una posesión. Nos hemos aferrado a la dinamita, la hemos instalado en nuestras entrañas. No nos sorprenda pues el hecho de que actúe según su esencia, revelándonos empero un modus operandi que jamás podrá ser nuestro.

En la velocidad y claridad de Dios nada es visible, nada es vivido. Rechácese de una vez, por fin, su magnánime estatuto. Derróquese con la fuerza de la herida: táchese.


Iris oceánico

Hay algo tremendamente aterrador en el acto comprensivo. Lo propio se encuentra no sólo circunscrito, sino constituido, por tal comprensión. Hasta aquí, pudiera ser la cuestión totalmente baladí: la vida no es impermeable con respecto a la tierra. No lo es, y la lluvia (barro,más bien) proviene fundamentalmente de la autotrascendencia vital, de aquella capacidad que tiene todo cuanto existe de no seguir haciéndolo [existir] sin el sumergirse.

No se engañe el lector: no se sigue aquí una metáfora libertadora del “salir” a la superficie. Ya vivimos en la exterioridad, mas tal estado articula precisamente el suelo contenedor del barro.

La superficie oceánica es lo interno e intensivo que, sólo como multiplicidad vibrante e inacotable puede surgir en el plano.

El problema al que toda existencia se encuentra arrojada es la incógnita siempre presente, a modo de confirmación inasible, sobre la emergencia. Y la historia del pensamiento, consistente en las distintas atribuciones por y hacia lo interno, debería acabar hoy mismo: no hay luz alguna en la profundidad de lo fluyente cabe-y-sobre-sí. Sólo hay teleología ineludible en la intensidad. Sólo estamos nosotros; justo de ahí se desprende el más profundo (y equívoco) error.

La comprensión pretende la emergencia; quiere efectos de superficie que se desmoronan a cada paso. Sale y solo encuentra más agua, más barro, más palabra. Pero también halla pedestales desintegrados por la corriente, cuyos fragmentos desplegados son transportados a otros páramos, jamás yermos, siempre vistos.

No me propongo aquí escudriñar los límites de la oscuridad que nos azota, ni siquiera podría atreverme a tematizarla. La mirada al abismo es un subterfugio teórico, un consuelo momentáneo que desemboca en terror (incluso, me atrevería a decir, un profundo error terminológico). El terror de la ausencia de mirada devuelta, de la pura e impotente reflexividad. Siempre hemos pretendido superar la grieta que nos constituye, pero sólo hemos obtenido el regreso axiomático transfigurado.

El mundo de la vida es sencillamente inhabitable

Y es por ello que el caos necesita sentido, no sólo artístico. Podemos quedarnos en el sillón y forzar la negativa. Tarde o temprano, el suelo se hundirá, y miraremos al techo buscando el fervor de la santidad.

No es necesario llegar hasta ahí: es posible habitar la desesperación sistémica, mediante un juego bifásico. Un equilibrismo de los impulsos y afectos, no sólo intelectuales. Quizás pudiera ser esta la más grandiosa de las resignaciones, pero volvemos a estar en el fango:

Solo letras, y sin embargo palabra

Sandeces

La profundidad de los altos vuelos nos eclipsa. Miramos hacia el cielo y no nos sorprende nuestro reflejo. La frialdad que acompaña las acometidas que realizamos no es capaz de apaciguar el fuego interno que poseemos. La historia de la humanidad es la del derrocamiento, la destrucción y la gloria. Una historia, ciertamente, sin ser. Una vorágine que supera cualquier pretensión individual, un colapso de datos cuánticos que se abarrotan contra el filtro de lo expresable.

Tal magnificencia se somete, sin embargo, a su destino irrenunciable, la maldición del instante. Centrífuga es la fuerza que la expulsa hacia tierras aún sin conocer, expuestas por siempre en el horizonte de un statu nascendi.

Las altas murallas del boato resultan diminutas y se destruyen, frente a un fugaz “Do” de piano que acompaña al estallido de la pompa de chicle de un niño.

Su madre se ríe. Me detengo y sonrío también, para después continuar mi camino. He olvidado adonde me dirigía.

                                            Vuelvo a empezar. 


Invocation – Audiomachine