Despiertas, luego estás muerto.

Despiertas desconcertado. No distingues el techo de la habitación de tu cielo onírico previo. Intentas despertar como tal. No puedes levantarte, estás atrapado en tu inconsciente sabiendo que lo estás. Consigues apoyar tus pies sobre el suelo. Está frío, muy frío. De repente echas a andar por un pasillo largo y oscuro. Tras una caminata de la cuál no recuerdas el tiempo transcurrido, llegas a apreciar el picaporte de una puerta, la cual no ves. Notas un escalofrío penetrando en tu interior. Sientes que has de adentrarte en esa senda, pero hay algo que te dice que no.

Sin darte cuenta, la intemporalidad se va echando encima de tu ser, y pasan así las horas, los meses, los años y las décadas. Llegado el momento, decides abrir y cruzar esa sombría puerta.

De repente, vislumbras un resplandor, una especie de proyección de tu mente en la inmensa oscuridad. Intentas caminar hacia él, pero mientras más te acercas más pequeño se vuelve.

En ese momento, te das cuenta de que has muerto.

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