Lluvia en los ventanales de la mente.

Despierto. Apoyo los pies en el suelo. Está frío, casi congelado. Todo parece distinto. Consigo ver poco entre la oscuridad. Solo veo una ventana, muy pequeña. Me acerco con las pocas fuerzas que quedan en mi cuerpo hacia ella. Contemplo el paisaje. Afuera, parece hacer más frío. Todo está nublado. Hay tormenta. A lo lejos, creo ver algunos claros, que más tarde desaparecen. “Son imaginaciones mías”-pienso. Pero nunca olvido que esos claros estaban en algún sitio, y ese sitio, no era ahí dentro.

De repente, se enciende la calefacción, y…, sin saber por qué, la oscuridad se acrecenta en mi habitación. Se está muy bien, pero a la vez, yo no lo estoy tanto. Aún recuerdo esa “ilusión” de los rayos de sol en la lejanía. No sé qué hacer. Podría tumbarme, cerrar los ojos y descansar, pero finalmente decido buscar la puerta y en un último impulso de valor salir corriendo hacia el exterior.

Afuera, no sé lo que habrá, pero será seguramente menos oscuro que mi anterior estancia. ¿Me acompañas o te quedas?

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