Sombra y reflejo.

La habitación está oscura. Las ventanas son cada vez más pequeñas. Las paredes, se estrechan contra mí, como si de su presa se tratase. El suelo es frío; mi cuerpo, tembloroso. No es creíble que diga que es verano, porque las venas heladas de mi interior ya no son conductoras de ningún fluido. Me paralizo. Me paraliza. Me intenta matar. Me mira fijamente desde la esquina. Me dice: “Grítalo ya, di que me deseas”. Y yo sigo contestando “no” y “no” y mil veces “no”. Porque no te quiero. Porque prefiero morir entre estas incómodas paredes. Porque prefiero resistir el empuje de esta gravedad. Porque prefiero acabar extasiado de llanto. Porque prefiero agonizar ante la más preciosa nota de violín. Porque prefiero sin duda saltar por lo que quede de aquella ventana ahora medio muerta. Porque es la muerte en vida lo que me interesa, y no la vida en muerte. Porque prefiero respirar sabiendo que no respiro. Porque prefiero hacer como que vivo. Porque prefiero amarla, hasta el punto más profundo de mi ser. Hasta el punto en el que un maremoto de sangre me arrase por dentro. Hasta el punto en el que no sea yo. Hasta el punto en el que desde esa esquina, ya no me llame la muerte, sino la eternidad.

Hasta el punto en el que mi corazón, deje de latir.

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