La estación.

Nos quedaremos sin vía, y sin alas. Esa es nuestra teoría al menos… La falta de razonamiento se agrega a esta idea y forma lo que llamamos “miedo existencial”. ¿De qué? Pues muy sencillo… De quedarnos sin vía cuando el tren es la vida, y de perder las alas cuando el pájaro es el destino. Estamos arraigados a unas ideas que hemos ido adquiriendo y probablemente continuemos haciéndolo a lo largo de nuestro llamado “proceso vital”. Pero hay una idea, una pequeña e insignificante idea que permanece inmutable a lo largo de toda nuestra efímera existencia en esta realidad: “Lo perderemos todo al morir”. Puede parecer algo muy lógico, pero quizás tras estas líneas no lo veáis tan sumamente claro. Esa idea nos provoca un tremendo pavor, sí, pero yo pregunto…¿Por qué? ¿Qué motivo tenemos para preocuparnos? “Es cierto, realmente no lo sabes”-dirían algunos-, pero yo quiero ir más allá.

Pongamos un breve ejemplo: Imaginemos un edificio totalmente rodeado de seguridad. El acceso a él es     imposible, y lo que hay en su interior desconocido, pero inevitablemente caminamos hacia dentro . En la   puerta hay varios guardias armados, ocupados de revisar vía escáner las pertenencias de cada individuo que entre en el edificio. Mientras caminamos, vamos suponiendo qué será lo que nos quitarán para dejarnos pasar. Exacto, suponiendo, sí. Y esa suposición es la que causa el miedo.

Ahora, trasladando, supongamos que el edificio es la muerte, y que nosotros estamos en el exterior, aguardando, y pensando que ni siquiera pasaremos. Porque eso es lo que suponemos, que no vamos a pasar. Y por eso nos invade dicho pánico. Pero debemos ser fuertes. Debemos abandonar esa ignorancia mental y esas suposiciones. Debemos saber que pasaremos, aunque desnudos; desnudos de ideas. Porque…¿Qué somos sino ideas? Las perderemos, pero eso no significa que no vayamos a adquirir nuevas. Es sólo una ruptura a esa continuidad ideal a la que permanecimos agarrados férreamente, para “no perder el norte”. Pero no hay que olvidar que hay más puntos cardinales, y más direcciones, al igual que más realidades, más ideas, más controles de seguridad, y más vidas. No hay que olvidar que somos, jamás. Esa sí sería nuestra verdadera muerte.

Aprended pues a decirle “Adiós” a ese tren, y sed lo suficientemente valientes para saltar y cambiar drásticamente de vía, sin vacile alguno, porque lo peor es no moverse en este entramado de raíles que conforman la existencia.

No pretendas quedarte fuera…

Firmado, el ferroviario.

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