Camerino.

Se encienden los focos. Diminutos, lo suficiente como para cegar. Todo es aplastante. El maquillaje, las cuerdas, las máscaras. La vida. Camino entre el alboroto del dichoso espacio que me separa de mi flujo interno. La magia. El sueño cumplido al saltar al escenario. Vivo esperando que se apaguen las luces, las diminutas. Esperando que mi ser me empuje ahí fuera, donde todo es gris, y mi alma es blanca. Donde la iluminación consigue que mi cara se deje entrever, para soñar poesías inmundas frente a un alborotado y quieto público de nadies. De pronto, la fantasía desaparece, y caigo sobre los cables y los utensilios de cocina de la vida. El habitáculo sigue igual, pero yo no habito, sino que deambulo, que más bien, no es lo mismo. Sí, lo hago de la misma forma que lo haría el foco del absurdo cartesiano; perdido, tumbado y a la vez de pie. Buscando el origen de tal turbación, y encontrando más y más sombra. Sólo quedan dos bombillas en la hilera de la izquierda que conservan su luz. Sólo queda un ápice en mi ser que quiere salir ahí fuera. -Ya son demasiadas veces- pienso. Pero no quiero morir. No, no quiero. Todo se vuelve tan confuso que decido salir. Más ceguera. Muerte, veo, luego pienso. Pero… ¿Qué hay más? (…) En ese instante, todos los focos se apagan. Siento un empujón hacia el patio de butacas. Todo se desmorona en mi interior, y de mi mente, comienzan a emanar litros de sangre azul, ya congelada por el frío de la duermevela del infierno.

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