Finale.

El complejo todo está marcado por incesantes interrupciones. Un día, mi ser se vio interrumpido por tu mirada. Exaltado y excitado por tu atención, cambió, y se tornó en una bella pieza compuesta para piano. Algo sin duda muy lejano de lo que en realidad era. Dejó fluir sus bellas notas a través de la infinitesimal distancia entre tu cadera y tu espalda, revestida por pentagramas compuestos en el mismísimo Olimpo. Sucumbió a uno de los males más bellos que puedan contemplarse en este, nuestro universo.

Y ahora, en la soledad de mi ser, aquella melodía retumba, y se presenta demasiado estable dentro de mi caos perpetuo. No deja de sonar. No dejas de sonar. Y por ello, te amo. Por ello, sé con certeza que jamás dejarás de ser mi elixir. Mi perdición.

Te escribo, impregnado de violines y sangre, para comunicarte que, aunque esta pieza se encuentre ya conclusa, en mi interior, la armonía musical jamás será quebrantada. Permanecerás por siempre, Música, intentando hallar el modo de destruírme. Y yo, fiel servidor, te lo concederé. Porque te amo. Porque jamás has desaparecido. Porque jamás has sucumbido.

Por ello, hoy te digo, furtiva amada, que no te quedes nunca. Que no te necesito ya.

El principio del fin ha llegado. Si tenéis el valor necesario para asistir sin vomitar a un suicidio mental, he aquí la retransmisión en diferido. A vuestra salud.

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