El asesinato prematuro de Ícaro.

Vivimos la era de la deshumanización. ¿Acaso no era obvio? Salimos cada día de nuestros refugios, sótanos insondables donde se concentra la más pura e inanimada manifestación de nuestro deseo, de nuestro ser. Cuando llegamos al exterior, nos encontramos hastiados y azotados por infinitud de flagelos invisibles, prestos a enterrarnos bajo la ignominiosa proliferación de la angustia voluble, disuelta en aire y en tiempo, que intenta arrebatarnos nuestro anhelo de trascendencia; nuestra proyección vital.

¿Qué es de nosotros, pues, sin esta proyección? En opinión del humilde servidor (¡Cómo no!) que aquí escribe: un grano de arena en el vacío. Sí, en el vacío. El vacío es nuestro ser cuando se marchita en un canon. Cuando ve cómo su capacidad de dilatación es arrebatada, acaso por la creación más dilatada de su actividad, acaso por la obra de arte de su autogestión, o autodigestión.

Me entristece el modo tan cruel que conserva desde antaño este mundo de autodigerirse, firme en la axial creencia de que el producto del mamotreto sistémico empleado será, indubitablemente, el progreso. ¿El progreso? ¿Cuánto progreso existe en la aniquilación del agente de tan ardua empresa? ¿Cuánto, señoras y señores? ¿Cuánto?

En mi opinión, nada, y creo que no es una cuestión baladí, puesto que de la respuesta que se dé a ella derivaremos en una concreta posición sobre lo que nos conforma o define, y esto, lejos de lo que pueda parecer, nos es harto útil e interesante. Estalla ahora, como un bastión azotado por llamas y frenesí, la pregunta más incisiva y acertada de la historia del discurrir humano: ¿Por qué? ¿Por qué nos es útil? A sabiendas de la mala fama que posee en la sofística del S. XXI, me aventuraré en responder con otra pregunta, quizás no tan acertada, pero cuanto menos, sugerente: ¿Por qué deseamos saber de nuestra identidad? Creo que entre gran parte del público, casi todos los seres sapientes que aquí nos encontramos, coincidiremos en aseverar que nos dedicamos a reinventarnos, a ‘descubrirnos’. ¿No es esto acaso aquella esencia que nos define? (Ruego apartar y desterrar las arcaicas definiciones de ‘esencia’, concretamente aquellas que dan saltos inexpugnables e infranqueables, carentes de relación alguna con nuestra vida, con aquello que configura nuestro marco discursivo).

Volviendo al comienzo, en una nueva manifestación del propio parecer, contemplo como nuestro progresivo sometimiento nos deshumaniza, nos ata. Y nuestra existencia se convierte en arte cuando se libera de sus cadenas, cuando consigue romperse por dentro, perderse. ¿Dónde quedará nuestra poesía cuando la tinta de nuestra mente sea sólo un medio? ¡No podemos permitirlo! ¡Que corran esos ríos de tinta! ¡Que desborden los límites de nuestra milimétrica cuadrícula! Sólo así lograremos varar en las arenas del desazón, en concordancia, por cierto, con lo que es lo humano: veleidad, cambio, sujeción a la propia subjetividad, sumisión caótica inserta en un pequeño subterfugio o acceso al devenir.

Si tengo que vivir como se quiere que viva, estaré más muerto que nunca, dentro de mi frenética vivencia.

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