Nulidad.

Ni siquiera tengo valor para adentrarme en estas líneas. El folio quema, cuando intento acercar mi mejilla a los altozanos de su podredumbre. Como la más tenue herencia de un demonio olvidado, me muestra su vacuidad, sumida en un desorden caótico y asmático. Pero nunca se ahoga, si bien tampoco se complace en encontrarse, jamás en yacer. Siempre parecer y perecer en el cosmos, quizás ya desprovisto de utilidad en la brevedad de nuestros impulsos.
¡Sigo procurando la proximidad! Sólo rozar su tersa piel blanca bastaría a mi alma exhausta para obtener un atisbo de pureza, una gota de tinta que, cual armonía melódica, sentase de una vez por todas el ritmo de las disonancias del grito de mi fuero interno. ¿Por qué anhelo Verdad? ¿Por qué intento unirme a la eternidad de la gran musa que siempre es enmascarada por la música? No tiene sentido. Nunca he pertenecido a este mundo. El gentío vaga seguro, entre brumas que nuestra acción no consigue disipar. ¿Qué diantres pretendemos? ¡Siendo nosotros la bruma, queremos enterrarnos en la supresión de antinomias! ¿Cómo? ¿Cómo aproximarnos al papel que ha sido escrito tras siglos de llanto, sangre, pasión y hedor pusilánime con un vehículo como es la pureza? ¡Pureza no es tinta blanca, fútiles instructores del todo! Para ser puro, uno tiene que estar desgarrado, corrompido por su propio ser, destruido y arrancado de la misma esencia inexistente que ustedes buscan en la Academia. Esa es la verdadera esencia, si por algún casual menor siguen ustedes encontrando motivos para emplear ese término.

La famosa ousía, desconozco si alguna vez estuvo presente. Pero aseguro que de así suceder, jamás fue en conjunción con lo humano. ¡De ser materia, se nos escaparía, como la arena y el tiempo huyen de nuestras manos con el viento como firme compañero! ¡De tratarse de un ser-aquí, no podríamos buscarla, pues cuando intentamos acceder al sujeto, nos perdemos en un maremagnum de mediocridad, de búsqueda insufrible, que sólo desemboca en absurdos que poseen el mismo falso estatuto que estas líneas, pretenciosas de tornarse en algo apodíctico, mas siempre imbricadas en la fatalidad del triste recorrido y sendero que jamás pisamos. Jamás, una palabra tan bella, tan banalmente usada, cuando realmente constituye el cimiento sobre el que uno vaga por ese no-ser-aquí. Base inefable por la que transita el que siempre anhela “más allá”, mas encuentra que no puede percibir, ni siquiera el “más acá”. Jamás lo percibió, porque su ser contó con la esencia de la nada, de la búsqueda incansable de lo que jamás fue dado, de la negación de un todo que no es sino polvo, desdeñado y pisoteado por milenios de habladurías.
Presento aquí, el más mediocre de los estudios, desprovisto de base alguna, de ciencia cierta (curioso que esta expresión pueda emplearse a estas alturas fidedignamente, ¿Verdad?). Exacto, Verdad: todo lo que dijimos, hicimos y pensamos, tendente hacia ella, y perdido en un vacío tan repleto como inexistente. Tan global que nos ha llevado a la amputación. Y aquí vagamos, sin pies ni cabeza, leyendo sandeces, concurriendo en una multitud exacerbada que se ceba con un opio que ha impregnado toneladas de papel, injustamente ansiado, y correctamente descuartizado.

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