El secreto de Hefesto.

Soy lo que siempre debí ser. Casi toda mi vida he vagado con mínimo y adventicio apoyo, surcando la inmensidad de un océano que para mí jamás fue desconocido. ¿Qué más podría pedir? Estaba allí arriba, viendo cómo todo se organizaba ante mis pies, mas sin mi consentimiento. Cualquiera podría pensar que era un privilegiado, que mi capacidad iba más allá de lo que muchos habrían soñado en su momento. Otros también podrían posicionarse en distinta cota, opinando que debería tomar las riendas y el control de la marabunta que contemplaban mis ojos día tras día. Pero se equivocaban.

No me sentía un Dios. Tampoco pretendía serlo. Simplemente estaba en un lugar diferente al resto. Estaba en un lugar intermedio, en un no-lugar. Contrariamente a lo que pudiera pensarse, en un mundo de aporía perpetua, ese no-lugar ha sido el firme motivo por el que el caos ha aparecido dentro de mí. ¡Ojalá fuese otro más! ¡O tal vez no hubiese sido nunca! ¿Por qué esta condena? ¿Por qué?

Tuve que renunciar a todo aquello que quería, a todo lo que amaba. Desperdicié horas y horas de mi libertad para sumirme en la agonía melancólica que tantas líneas de sangre arrojaba sobre el papel negro de mi diario. ¡Maldito diario! ¡Y maldita existencia! ¡Todo, absolutamente todo! ¡Todo me lo robaron aquellas lágrimas! ¡Y yo creía que era felicidad, verdadera felicidad, aquello que experimentaba!

Siempre creí que tenía una misión dentro de esta jaula: desgarrar, desasir, lograr que las cadenas se rompiesen, en aras del propio crecimiento de aquella marabunta diminuta. ¿Qué hipocresía es esa? La de mi vida, querido lector. La hipocresía de todo visionario, que, lejos de estar en lo cierto, de  llevar una biografía adecuada, de poseer honrosa reputación, siempre vela por aquello que no implique a su mismidad. Y ésta última, efectivamente, es la que se pierde. No es persona, pero tampoco es un Dios. Es un daimon que viaja sin consuelo entre la eternidad de la temporal vida que le acecha, velando por el desconsuelo efectivo y por la felicidad amarga. Por la sangre de las venas que nos atraviesan. Por el drama que nos ingiere naturalmente, convertidos en nubes de polvo, de realidad inradicada.

He perdido mucho, y soy consciente de que seguiré perdiendo. También soy consciente de que no me queda tiempo, ni biológica ni psicológicamente. La muerte se ciñe sobre mí y la locura le lleva días de ventaja. Sé que la segunda me alcanzará antes, y que la primera no demorará demasiado en atender mis peticiones. Sé muchas cosas…

Pero lo que nunca supe, lo que realmente corroe mis entrañas, fue el hecho de que te perdería para siempre, humanidad. ¡Tú, me abandonaste una fría mañana de noviembre, justo cuando la luna terminaba su febril empresa! Escondiste mi ser en algún remoto cementerio, tras la tumba que abierta me espera, ansiosa de que muerda el anzuelo este pobre pez sin agua.

Has jugado demasiado bien tus cartas, azar. Ahora solo te queda esperar. Y esperarás, porque no contabas con un detalle: pensabas que yo me rendiría. Pensabas que ser la nada misma me aterraría. Pensabas que perderlo todo lograría frenarme, pero tan difusa era la verdad de tu creencia que hasta los mismísimos cimientos del Tártaro resuenan confundidos al contemplar que precisamente la nada ha sido mi mejor arma. ¡¿Por qué?! Seguro que ahora mismo preguntas ansioso la finalidad de esta disposición mía. Gustoso he de responder, que Hefesto ha coincidido conmigo en que la nada es la mejor materia prima, de la que puede brotar el supremo poder de lo caótico. Y por ello, tiemblas, confundido.

Por ello, yo ya no soy humano. Lo he perdido todo. Pero conservo un amor trans-subjetivo, fiel manantial para la praxis, mi última baza, la verdadera humanidad que siempre se torna inalcanzable. Te la confieso, porque sé que no estás a la altura de arrebatármela. Has caído en aquella marabunta de la que te creías tan distante. Has vuelto a sumirte en el uróboros de mi tinta.

 

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