Nulidad, progreso y religión

Quizás el título le sugiera al lector un marcado carácter de eclecticismo en estas líneas. Nada más lejos de la realidad, voy a intentar abordar un suceso tan amplio que podría reducirse a un suspiro. Y es que bien cierto es que un suspiro puede resumir toda la indignación que siento con respecto al progreso. El justo tiempo que tarde usted en leer esta sarta de sandeces le bastará para comprender la pena que he sentido y siento, por haber llegado a tan suntuosas conclusiones. Espero que no le ocupe mayor pena, pues será bien recibida por aquella mente atenta.

¿A qué llamamos hoy progreso? Ese magnánimo término, surgido tras años de desfachatez, nos ha atado a una serie de postulados, que a la vez son inherentes. Religión que nos consume y atrapa en cada uno de nuestros vórtices vitales. Pero continuemos: progreso, ¿Necesariamente debe ser avanzar? Y en caso de que así fuere, ¿Hacia dónde? ¿Hacia qué grandiosa y loable meta llegamos? ¡El culmen del idealismo nos acecha! ¡Nos aguarda ese gran espíritu, como el aclamado Dios de los antiguos, representado por el absoluto de la naturaleza, cuya objetivación aún no ha sido empresa albergada por el hombre!

 

Nulo; declaro nulo el progreso, la búsqueda de la esencia. El arrojo a un asirse que no busca respuestas sino que, casi por arte de magia, las encuentra. Las encuentra en un encontrarse, en un yacer. La más excelsa imagen de nuestra ínfima posición en el cosmos. Kosmoi, dijeron antaño, y la humanidad convirtió una máxima en dictamen dogmático. El dictamen del avance eidético. La marcha firme sobre el barro de la existencia que no dejará jamás de imponernos su condición: la futilidad. ¡Amigos, hemos reunido demasiada fuerza para acariciar el viento! Transmitimos el virus de la mediocridad, enarbolado de las más asombrosas vestiduras. Exacerbado hasta el punto de inocular el pérfido deseo del absoluto más lejano y perfecto. ¡Nuestro gran Dios! ¡El gran pasado del que venimos y el destino que alcanzaremos! Nos hemos olvidado de las entrañas. Hemos convertido y transmutado tanto valor que hoy en día somos capaces de comprar nuestro más preciado tesoro. Hemos abandonado la música. Hemos abandonado a las musas. Ahora lloran los violines mientras Minerva se lamenta. La lanza clavada en su pecho ya no resuena en los albores de la tempestad. ¡Wagner ha muerto, y ni siquiera hemos sido capaces de escuchar su trino! Ahora la totalidad de sus melodías nos recuerda al triunfo digno de ser anhelado. Ahora es cuando realmente, toda nuestra humanidad se ha convertido en polvo.

Polvo, nulo y creyente. La nulidad acomete con salvaje embestida a los pilares de nuestras inferencias.

¿Estará Dios para salvarnos cuando nuestra axiomatización haya sido descalificada? El verdadero giro hacia el factum se llevará a cabo cuando nuestra hermenéutica sea capaz de acoger nuestro arrojo, nuestra condición aún no asida.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s