No hay remedio (Consolatio)

Seguro que os habréis preguntado alguna que otra vez quién diantres escribe este material. ¿Acaso es calificable como material? No, seguro que no. Pues bien, el que aquí escribe es un ser humano, con demasiados problemas mentales como para querer seguir viviendo, y demasiado miedo como para abandonar este mundo. Sé que no hay ningún subterfugio tras esta farsa, pero no soy capaz. No soy capaz de desaparecer. Creo que el sufrimiento que me rodea es en sí mi destino, y solo puedo aceptarlo, intentando no consumirme hasta ser abrazado por Tánatos.

¡Al infierno!

No sé quién o qué dio lugar a la vida. Desconozco también si fue causada, mas reconozco que fue un fatal invento. En ella todo se desvanece, mientras que la lucha por la trascendencia nos inocula el más doloroso y lento veneno de este mundo que conocemos: la tensión que nos constituye. He aquí la radicalidad de lo absurdo, el sinsentido del devenir, y la devolución constante, la pena y retribución de un castigo que jamás cometimos. Nunca, nunca fuimos, pero estamos condenados a ser. Y esa, amigos míos, es la infamidad de nuestra condición.

¿Qué sigo haciendo aquí? ¿Por qué continúo escribiendo? Lo que más ansío es un fino hilo que me ayude a encontrar dicha respuesta. La muerte se ciñe sobre mí, no puedo evitar el olvido de la palabrería, pues siento el miedo tan dentro de mí, que a la vez soy consciente de que todo esto no sirve para nada. He acabado, mi tiempo ha concluido, ¿Y qué he sido? Aire, que se ha desvanecido entre las mentes de las personas que en mí han yacido, pues he sido tan corruptible e insulso como aquello que Parménides odiaba y yo tanto he amado. Lo confieso, habéis sido mi inspiración durante todo este tiempo, y no me ha servido de nada. No me habéis servido de nada. ¡Maldita mortalidad! ¡Maldito sea el ser! ¡Malditos! Ícaro jamás estuvo asido al sol, pues permanecía yermo desde el principio, hecho ceniza.

¡No! ¡No voy a ocultar mi tristeza, mi soledad, mi melancolía sin objeto! No lo haré, pues estoy harto de los formalismos de un mundo que se hunde sobre sus propios cimientos, si es que alguna vez los tuvo. No soy nadie para hacer nada. Odio la acción. Odio escribir estas líneas, y por eso lo hago, pues soy un ser vil, al que se le ha inoculado uno de los peores virus patentados por el mismísimo Dios: el arrepentimiento. El arrepentimiento de haber nacido, de haber causado mal, de haber reflexionado y de haber perecido en los surcos de la existencia. ¡Odio todo cuanto mi conciencia me ha regalado!

La muerte es un simple camino al temor, un don del pensamiento. Y por tener tanto miedo sé que Átropos ya tiene preparado el final para mí. Las voces de los monjes resuenan en el horizonte de mi destino, y escucho a los antiguos susurrarme sus secretos, el desorden que consiguieron camuflar a la humanidad, y el dolor que les invade cuando la verdad ha comenzado a aflorar.

¡El suicidio no es producto de una burbuja del sujeto intelectualista! El suicidio es un momento constitutivo del ser humano. Un momento tan íntimo y arraigado que sólo en las cimas del caos propio se hace patente. No desesperéis, pues todos acabaréis asesinando vuestra psique. Mientras tanto, seguid la máxima del maestro, conmigo: bebed vino.

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