Danza

Dicen… dicen que los momentos complicados de la vida te proporcionan las pautas necesarias para afrontar la existencia. Dicen… dicen que cuando los muros que te cobijan se derrumban, el sol te ilumina con la magnánima fuerza de los dioses.
Dicen… dicen que la noche se convierte en tu cuna, cuando los ídolos del pasado han quedado reducidos a cenizas.
Dicen… dicen que la melancolía es el arma más poderosa del universo, pues es añoranza de lo que no es aquí.

Dicen tantas cosas… pero todas son falsas. Intentos desafortunados de camuflar la amargura que nuestro tiempo nos ha inoculado. Intentos fútiles, por no decir idiotas, que intentan ocultar a un Dios tenebroso que habita en nuestro ser, provocando espasmos de mediocridad y furia, obligándonos a caer en el más absoluto vacío de nuestro sentido.

Qué razón tuvo aquel genio del XIX, cuando la melodía que afloró de sus dedos nos encumbró hasta el más absoluto reino de lo absurdo, de la felicidad, sin olvidar, no obstante, lo tenebroso que cimentaba el humo del devenir en el que bailábamos. Como pequeñas perlas en una cascada, entonábamos el Dies Irae de Mozart, inconscientes de la habilidad para absorber los fuegos del destino en los que nos mecíamos.

¡Y ahora creemos estar aquí, incapaces de afrontar nuestro tiempo! ¡Cómo no! ¡Sigamos danzando pues! ¡Sigamos hundiéndonos en el fango que conformamos!

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