Peccatum

Todos y cada uno de nosotros tenemos cicatrices. Muchas de ellas son visibles, pero otras no, y esas, quizás, sean las que más dolor provocan.

Una cicatriz no es más (ni menos) que una marca, un rescoldo de la carne que otrora yació abierta y sangrante. Es aquel “signo” por el cual jamás se olvidará que, en algún momento, la debilidad que portamos afloró al exterior. Una seña pasajera e inmanente que, como una sima en el fondo del océano, conserva la brecha incluso en la opacidad absoluta de la obscura sanación.

Todo lo que existe, lo hace sobre pliegues y señas de este tipo. Heridas que cicatrizaron y curaron, mas no por ello llegaron a cerrarse. Toda nuestra existencia cobra sentido frente (o sobre) tal apertura, que no opera sino concediéndole a esta un dolor irremisible, atroz e instantáneo en la eternidad.

Pero no olvidemos lo que esto significa: más bien, lo que significamos. Oscuridad, nadería y por ello, lo diametralmente opuesto a la vaciedad. Existir es vagar entre lo abierto, que no es nada sin el horizonte de lo opaco. Existir no es más (ni menos) que una cicatriz, una transgresión.

Por ello, urge retomar la pregunta de Baudelaire: “¿Es posible matar al cruel Remordimiento?”.

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