Noctis supra

Debemos comenzar con ímpetu: puede que muchos no lo toleren, pero la vida no radica más que en una constante pérdida. El decaimiento de nuestros impulsos vitales nos azora desde las sombras, dejando la calidad de nuestro sentir desnuda, frente a la inefable cantidad temporal de la que estamos privados. La existencia es mortífera en sí misma, lo cual no es sino una enfermedad que, paradójicamente, nos conforma. En ella no sólo yacemos, sino que brotamos. Nacemos, ya desintegrados en un macro-complejo entrópico (y justo por ello, repleto de sentido). Si algo he aprendido con el paso del tiempo (espero que se ignore aquí mi tono jocoso) es que no hacemos otra cosa que adaptarnos a este curioso y constitutivo fenómeno. Es por eso que sobra hablar (y aquí debo enfrentarme a mí) tanto de luz como de enfermedad. No me interesa la verdad (mucho menos la científica), y no me importa ser prendido por ello. Llevo tiempo enfrentado a demonios que la usan como rehén para cometer atrocidades que se cierran en sí mismas, como acontecimientos fugaces que consumen la eternidad. Quizás sólo sea un adulador, por sentarme ante el estrado del mundo y seguir amando la tinta, las lágrimas y la desesperación, de cuyas cimas he sido neófito. Es muy probable, pero aún así, reniego de ser cualquier cosa distinta. Voy a ascender hasta quemarme, y caeré feliz, como un destello que se apaga en el instante que la nada atraviesa, como la enfermedad que consume y apacigua, como el golpe ensordecedor de la muerte que se yergue, sumiendo en la más profunda calma al herido.

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