Relatos enfermos

El paso definitivo no existe, no hay cruce del Rubicón posible cuando el suelo es el vacío. La pasividad insiste con una fuerza que apenas es observable, salvo por la cadencia de pequeños disparos contra sí que acaban restringiendo la liviana comprensión de lo existente hacia una difusión ilimitada e indefinida: así es como se fragua la conciencia del psicótico. A fuerza de tangentes que se traicionan a sí mismas e irrumpen contra el eje, de inferencias diferenciales que acrecentan su resta sobre un recipiente en el que jamás hubo contenido: un continuo “arañar lo inefable”.


La psicopatía, sin embargo, excede los límites de lo mental (en el hipotético caso de que algo tal como lo “mental” fuese acotable), precipitándose hacia el vasto absurdo de la vivencia. Es capaz de llegar a cualquier lugar, articulando e imponiendo su propia normatividad. La regla, sin embargo, escapa a lo patológico. Aquello la produce, pero ella lo devora. Y justo en el punto contrario quisiéramos hallarnos, en el que hablar de enfermedad fuese imposible. Es increíble como todo un cielo puede cerrarse sobre sí mismo, introyectando la muerte en su faz más áspera y fría, haciendo de la caída libre una metonimia vital malgastada y errada. Con todo, lo apasionante es cómo en el seno de aquel magma puede brotar una biografía, cercenada por una oscuridad constante. Un vestigio quebrado y aún candente.


No es tolerable que vuelva aquí a engañar a nadie: todo esto es un recurso, un artificio. La manualidad constante de un artesano que juega con el sinsentido e identifica lo enfermo, para poder asir lo poco de cuerpo que le queda a las cenizas de una llama extinta. Un obrar perpetuo que pelea contra la misma vida en su resolución, arrancando hasta la última gota del jugo del engaño. Se trata de un juego psicótico, literario, repleto de maniobras encubiertas, gracias al cual podemos hablar de “juegos”. Pero, tras toda la maraña, no olviden: no hay que dejarse llevar por la sutileza, creando tras de sí lo real mismo. La seducción que no quiere ser descubierta pedirá un suelo para su falso contraste: la enfermedad será señalada, y nuestro mundo devendrá prisión.

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