Silencio y quietud

Hay algo en mi cabeza que pide cierta introducción, como si acaso un solo aspecto de este mundo la tuviera. La despresencia que he adquirido no me ha impedido perseverar en el vuelo, ahora transmutado y raso, imbuido de vida. En la lejanía de la tierra, la vida aflora crudamente, sin ornamento, llena de un poder capaz de rebasar el espíritu afanoso de altos fuegos, de invidencia y obcecación. No se me tome por ingenuo, lo verdadero y lo aparente quedaron desgarrados en aquel primer, torpe vuelo. El sosiego partió con ellos, y si os soy sincero, espero no volverlo a ver jamás.

Aún puedo ver gigantes pétreos en un horizonte difuso y alterado a mi paso: pareciera como si el violín siguiese su compás. Continúo percibiendo la grandeza de aquello que se esfumó desde el vacío. Sería estúpido negar el aguijón de su partida, el acicate de lo fúnebre. Sin embargo, no existe oscuridad en la cercanía de la inmanencia sin objeto. Sigue habiendo espacio para grandes designios, fútiles desde su facticidad e indomables desde su idealidad. El escape de nuestro yugo los vuelve valiosos objetos de una divinidad farisea, del mal que nos azota en estos mares del tiempo.

El honor que otrora encerraba el ánimo de asir lo indomeñable ha sido suplantado por el mérito del disfraz. Ha caído en el olvido, y es que el verdadero canto de las sirenas no debería sino llevarnos a la cima invertida de la existencia: un lugar donde la más bella melodía transmite el sentido más profundo de la desesperanza, de la consecuencia irresoluble. De aquello que paraliza el espíritu y lo petrifica, escupiéndole a la cara y arrojándolo del cuerpo. Llegado este punto, con el óbito y el tiempo por fin abrazados, la reflexión se desvanecerá. Y sólo quedarán aquellos viejos ídolos. Aquellos ídolos que nunca se fueron (pues les fue imposible), pero siempre pareció como si, al igual que las figuras dedálicas, se dispusieran a echar a correr.

Jamás hallaréis en mi búsqueda ápice alguno de abatimiento.

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