Iris oceánico

Hay algo tremendamente aterrador en el acto comprensivo. Lo propio se encuentra no sólo circunscrito, sino constituido, por tal comprensión. Hasta aquí, pudiera ser la cuestión totalmente baladí: la vida no es impermeable con respecto a la tierra. No lo es, y la lluvia (barro,más bien) proviene fundamentalmente de la autotrascendencia vital, de aquella capacidad que tiene todo cuanto existe de no seguir haciéndolo [existir] sin el sumergirse.

No se engañe el lector: no se sigue aquí una metáfora libertadora del “salir” a la superficie. Ya vivimos en la exterioridad, mas tal estado articula precisamente el suelo contenedor del barro.

La superficie oceánica es lo interno e intensivo que, sólo como multiplicidad vibrante e inacotable puede surgir en el plano.

El problema al que toda existencia se encuentra arrojada es la incógnita siempre presente, a modo de confirmación inasible, sobre la emergencia. Y la historia del pensamiento, consistente en las distintas atribuciones por y hacia lo interno, debería acabar hoy mismo: no hay luz alguna en la profundidad de lo fluyente cabe-y-sobre-sí. Sólo hay teleología ineludible en la intensidad. Sólo estamos nosotros; justo de ahí se desprende el más profundo (y equívoco) error.

La comprensión pretende la emergencia; quiere efectos de superficie que se desmoronan a cada paso. Sale y solo encuentra más agua, más barro, más palabra. Pero también halla pedestales desintegrados por la corriente, cuyos fragmentos desplegados son transportados a otros páramos, jamás yermos, siempre vistos.

No me propongo aquí escudriñar los límites de la oscuridad que nos azota, ni siquiera podría atreverme a tematizarla. La mirada al abismo es un subterfugio teórico, un consuelo momentáneo que desemboca en terror (incluso, me atrevería a decir, un profundo error terminológico). El terror de la ausencia de mirada devuelta, de la pura e impotente reflexividad. Siempre hemos pretendido superar la grieta que nos constituye, pero sólo hemos obtenido el regreso axiomático transfigurado.

El mundo de la vida es sencillamente inhabitable

Y es por ello que el caos necesita sentido, no sólo artístico. Podemos quedarnos en el sillón y forzar la negativa. Tarde o temprano, el suelo se hundirá, y miraremos al techo buscando el fervor de la santidad.

No es necesario llegar hasta ahí: es posible habitar la desesperación sistémica, mediante un juego bifásico. Un equilibrismo de los impulsos y afectos, no sólo intelectuales. Quizás pudiera ser esta la más grandiosa de las resignaciones, pero volvemos a estar en el fango:

Solo letras, y sin embargo palabra

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