Trazos

La sorpresa que puede deparar la vida no se debe únicamente a la ignorancia en la serie de las causas: pertenece a su propia estructura, siempre huidiza. No hay valor ético que de aquí pueda extraerse, pero sí un ethos que lastimosamente viaja hacia aquel reino que otrora brillaba en la escena. La patología ganó la pugna en tanto que estigma del “vivir corriente”, fuerza que arranca a la propia pérdida de su arraigo más originario, la naturaleza, y la sitúa en el ámbito de lo presente. En toda esta representación, la humanidad perdió el último bastión en el que su honorable estatuto se refugiaba.

En esta corriente no hallo sino confusión. Al fin y al cabo, sólo he tratado de vivir. Diríase que hace tiempo que perdí la fe incluso en los ideales, pero no soy tan ingenuo: soy consciente de mis límites, así como de la limitación esencial. El problema de la pérdida me ha ocupado demasiado tiempo, pero aún no he llegado al abandono, pues sigo instalado en un vacilante y aturdido cuidado: aquel que lo patológico exige.

No procuro adentrarme aquí en abismos oscuros, sé que esto es una mera cuestión de intensificación. La paradoja y el valor surgen cuando uno repara en lo cualitativo de la pérdida que, como Ursprung de lo vivo, adquiere un rostro sin anhelo en lo cotidiano: una perversión a la que no puedo escapar. Miro al cielo esperando que regrese el cuervo, pero sólo lo hallo en mi interior.

Tampoco deseo escapar al velo de Isis. Temo encontrarme tras él, a la Gran Mentira, el gran enemigo sobre el que a veces creo erguirme. Sólo me debo a la levedad de la sombra que proyecto; ella es mi única compañía en el sendero. Quizás también a mis suspiros, y al insomnio. Pese a todo, me debo mucho, y es por eso que supuro en estas líneas, inconsciente aún del secreto que la herida encierra en su prurito.

Anhelo desmedido y exigencia sin objeto; eso es todo lo que esta vida puede depararnos. Pese a ello, no he dejado de evocar cantos hacia ella desde el mismísimo infierno que ya no se tiene a sí mismo como alternativo. Siempre he permanecido en pie, sin esquivar la tormenta ni enfrentarme a ella, aceptándola. He sostenido la mirada, he perseverado en la ilusión esquizofrénica: he aspirado a la quietud, a la indiferencia y a la nobleza. Pero no puedo controlar al latir que siempre la aniquila. Por mis venas no corre arte alguno, y es por ello que no puedo ser ningún farsante, ni responsable, por tanto, del teatro que sobre y en torno a mí se construye. La mente avizora podrá notar a estas alturas (superficiales) que la farsa y el teatro no son aquí sino la exhuberancia de un supurar-perpetuo sin centro, de la extravagancia, del sudor y la sangre que pueden olerse en la oscuridad.

¿Qué más dará, en realidad? Al fin y al cabo, es solo una exigencia: no es necesario interpelarla. Pobre de aquel que, como este ser que escribe, no sepa qué pueda ser, no sepa qué se le exige. Pobre de aquel que zozobre en el estado de la patología. Pobre de aquel que quiera vivir.

No hemos dejado ningún tesoro originario, no hemos perdido nada, si por pérdida pensamos en el arrebato circunstancial de una posesión. Nos hemos aferrado a la dinamita, la hemos instalado en nuestras entrañas. No nos sorprenda pues el hecho de que actúe según su esencia, revelándonos empero un modus operandi que jamás podrá ser nuestro.

En la velocidad y claridad de Dios nada es visible, nada es vivido. Rechácese de una vez, por fin, su magnánime estatuto. Derróquese con la fuerza de la herida: táchese.


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