El laberinto del continuo

O la despedida persistente de lo que jamás puede abandonarnos

Desde que tengo uso de razón, me ha encantado ver cómo la oscuridad es capaz de acechar la mente humana, cómo el estertor de la muerte próxima es capaz de crear más y más vida. También me di cuenta relativamente pronto de que el nivel de reflexión no era en absoluto elevado a este respecto, pero esta condición sólo produce un incremento del valor de dicho pensamiento. No hay altura real inherente a la condición humana, por más que sus raíces sean capaces de hundirse en lo profundo para seguir difuminándose en aquella superficie de la que emanan los trascendentales.

Ciertamente, pudiera parecer este un pensamiento un tanto egoísta, propio de aquel que está vivo y para quien esta vida aún continúa siendo susceptible de proyectarse al futuro. Un pensamiento inhabitable, que no yermo. Un acicate para el movimiento de la razón. Y sería muy cierto, si acaso pensar no consistiese en otra cosa que tomar algo prestado de la muerte.

¿Existe alguna montaña en la superficie? ¿Puede aspirar el movimiento racional a la complejidad de algún modo que no se sumerja en la oscuridad? En un sentido general, diríase que no, por constituir estas tinieblas el germen de nuestros límites, el verdadero axis mundi desde el que se produce toda emergencia. No obstante, en un sentido específico, existen rompecabezas que aún suponen una elevación de cierto orden, que aportan el relieve del plano, la verticalidad del eje. Esta supuesta altura no tiene nada que ver con el estado de cosas naturales. Se trata de un acertijo tan artificial como pertinente. La ficción (necesaria) que la condición humana genera es similar a la del estrés que a uno le supone situarse en un laberinto: cuando no conoce la salida, unas paredes de pequeña altura pueden encumbrarse y volverse absolutamente resbaladizas. A medida que descubre los caminos y las conexiones que lo componen, aquella altura comienza a desvanecerse, y estos descubrimientos comienzan a aparecer al modo de lo que ya estaba constituido.

Es esta la verdadera gesta, que para nada debe ser entrecomillada. Aquel que la minusvalore o sitúe entre condescendientes paréntesis, olvidará la ligazón y el carácter eventual a los que está sujeta la óptica de lo real, la visión que sólo fenoménicamente es posible. La verdadera altura se sitúa en este flujo por el cual la complejidad se desvanece ante lo simple, como un pequeño hilo que se desata y jamás nos permite regresar a Creta. En este laberinto del continuo, en cómo las montañas acaban diluyéndose en enormes mares, rezuma la melodía del conocimiento humano y la dinámica de todas sus potencias.

De salir algún día, no hallaríamos sino lo que envuelve a este desazón ordenado, lo que circunda al espacio y al tiempo: un impertérrito silencio.

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